POR UN SEGUNDO MANDATO
Nadie sabe con seguridad a cuál de los dos contendientes el huracán habrá dejado electoralmente más afectado a su paso por el noroeste del país y quizá a ninguno de los dos termine por afectar. Barack Obama culmina su primer mandato con una mejora real de la economía, inferior a la que esperaba, y una política exterior restaurada, lejos del desprestigio internacional en la que se la encontró. El país, sin embargo, sigue muy dividido por la ideología y el dinero. La antes potente clase media se siente insegura y amenazada, mientras el número de pobres aumenta, hasta los cuarenta y seis millones. Obama aspira a continuar un conjunto de reformas que fortalecen la demanda, estimulan el crecimiento y apoyan a las exportaciones, duplicadas en los últimos cinco años. La Cámara de Representantes ha tenido una actitud obstruccionista en estos años, dominada por un partido republicano en manos de radicales, empeñados en desmontar el gobierno federal y favorecer diversos intereses especiales. El presidente ha promovido proyectos importantes para el futuro de su sociedad, en especial la reforma de la sanidad, inspirada por el noble objetivo de la igualdad ante el dolor. Es cierto que su acción de gobierno ha sido menos ambiciosa de lo que cabía esperar. Pero la herencia era complicada y las expectativas de cambio y la idolatría que se desató alrededor de su figura en 2008 fueron desproporcionadas. Este antiguo editor de la revista de Derecho de Harvard se ha mostrado moderado, cauto, dubitativo, reflexivo, comportándose más como un profesor universitario que como un ejecutivo, más cómodo en la comunicación que en la acción. Obama es un símbolo del sueño americano y encarna los ideales de igualdad de oportunidades y movilidad social, cada vez menos presentes en una sociedad fragmentada. En estos años, ha adquirido la experiencia que le faltaba, se ha vuelto más pragmático y ha continuado teniendo una vida familiar ejemplar. En el plano internacional, con la colaboración de Hillary Clinton, ha vuelto al realismo de la política exterior de Bush padre, ha reaccionado con inteligencia ante la primavera árabe y ha apoyado con decisión los avances en el difícil rediseño de la moneda única europea.
Mitt Romney es un millonario ajeno a los problemas del americano de a pie. Vive en una burbuja, un mundo con reglas distintas, bien descrito por Robert Frank en su novela Richistan, un recorrido por el país virtual del uno por ciento de los americanos que obtienen dos tercios de las ganancias económicas totales. Pero lo que descalifica a este obispo mormón no es su desconexión de la realidad o su propensión camaleónica a decir lo que cada interlocutor quiere escuchar, sino su poca responsabilidad en asuntos económicos (bajadas de impuestos a los que más tienen sin recortes del gasto público) y la ausencia de un equipo sólido alrededor suyo que inspire confianza. La decisión entre Obama y Romney debería ser sencilla. Pero los más echaran de menos presidentes de talla como Lyndon Johnson, Ronald Reagan o Bill Clinton para una época incierta sobre el futuro del poderío americano y zozobra del empleo en ambas orillas del Atlántico norte.
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