ICONO ARGENTINO
El pasado marzo, Cristina Fernández de Kirchner inauguraba el periodo de sesiones del Parlamento argentino. Según la prensa local, al entrar en el salón de plenos una lluvia de papelitos anunció su ingreso al recinto y durante cinco minutos, sólo se escucharon los cantitos de los militantes de La Cámpora... Cristina, Cristina, corazón, acá tenés los pibes para la liberación, se escuchaba de fondo. Tras ese recibimiento, tan mitinero como poco parlamentario, pronunció su discurso de más de tres horas sobre el Estado de situación de la Nación argentina. Semanas después comprobé en la web de la Asamblea legislativa el espectáculo; el de los papelitos y los cantitos. Prescindí de las tres horas de discurso.
Pero lo relevante, al menos para mí, es que en un palco de invitados estaba Baltasar Garzón, recién condenado por prevaricar y expulsado de la Carrera Judicial. La presidenta le saludó desde el estrado -nos honra con su presencia- y añadió que su juzgamiento por haber intentado desvelar la tragedia del franquismo es una afrenta para la justicia universal. Estaba dolida por su expulsión de la Judicatura, con lo que ratificaba lo dicho dos años antes, cuando al iniciarse las causas contra Garzón afirmaba que se declaraba preocupada y sorprendida.
Al día siguiente de esa sesión de papelitos y cantitos, el Parlamento declaró a Garzón Visitante Ilustre y se reunió con diputados. La diputada kirchnerista Bianchi pidió al Gobierno que promoviese su inclusión en instituciones públicas argentinas o en organismos internacionales de derechos humanos; el fallo condenatorio del Tribunal Supremo -aseguró la diputada- puede interpretarse como una forma de persecución política hacia el doctor Garzón, condena que en su blog calificó como sanción brutal. En esa misma línea, el presidente de la Cámara, Julián Domínguez, propuso que se le nombrase asesor de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara Baja. Garzón aceptó la oferta.
Repárese en que Garzón estaba condenado y expulsado de la Judicatura por lo peor que puede hacer un juez: prevaricar, es decir, dictar sentencias a sabiendas de su injusticia. Eso en una de las causas. Otra, la de los pagos recibidos del Banco de Santander, se archivó porque el delito de cohecho -que se declaró probado- había prescrito. En la tercera se le absuelve, cierto, pero la sentencia iba acompañada de un voto particular terrible: el magistrado discrepante, aparte de afirmar que no había visto un caso más claro de prevaricación, decía: ¿Es que a partir de ahora el juez español puede desobedecer las leyes, dictadas por nuestro Parlamento soberano, porque encuentre criterios u opiniones ajenos a nuestro Derecho que coincidan con su particular modo de ver las cosas?.
Analizaba estos hechos con frialdad y me preguntaba: ¿qué puede esperarse de un país cuyo Parlamento nombra asesor, Visitante ilustre, aplaude y homenajea a un delincuente? Es descarnado pero la realidad es la que es. Y su condena lo es por un delito especialmente grave. Insisto: ¿qué puede esperarse del Poder Legislativo argentino -que hace las leyes- si vitorea a un juez condenado por violar a conciencia las leyes? Apenas un mes después llegaba la respuesta con la expropiación de YPF.
No sé si Argentina ha actuado sola o con la complicidad de otro país; no sé si se pactará el precio de lo expropiado o lo fijará alguna instancia de arbitraje internacional. Si intervienen los tribunales argentinos, visto su hábitat institucional y a quién se tiene allí como icono de jurista, de juez, ya sabemos qué esperar. Sea lo que sea, el mal está ya hecho. Muy dados a la verborrea para hablar de la Justicia internacional frente a sus dictadores domésticos, sus dirigentes se empeñan en que Argentina ingrese, en lo jurídico y en el orden internacional, en el selecto club de los estados gamberros; que son esos estados que se rigen desde la arbitrariedad, lo que no deja de ser una forma de dictadura.
Imagino -quiero imaginar- que no pocos argentinos ven todo esto con estupor; que contemplan lo que es su país, lo que podía ser y se empeña en no ser. Es triste que una gran nación, con una historia de ilustres juristas, rica y que pasaba por modelo de modernidad para Iberoamérica, deambule entre la dictadura y el populismo, valga la redundancia.
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