Coronavirus y Derecho (XXXIV): una historia mínima de las grandes epidemias para juristas
Febo Apolo provocó la cólera mortal en el ejército griego que tiempo más tarde conquistaría la ciudad de Troya. Las flechas divinas disparadas desde su arco de plata asolaron durante días a las tropas griegas por el comportamiento del rey Agamenón que humilló al sacerdote Crises, al no querer devolverle a su amada hija Criseida, a pesar del rico rescate ofrecido por el padre. La ira divina sólo se aplacó cuando la doncella fue finalmente devuelta a su lugar de origen en una embarcación pilotada por el ingenioso Ulises.
Así comienza el Canto Primero de la Ilíada homérica, que es el poema épico conocido más antiguo de la literatura griega. Desde entonces han sido muchas las epidemias, ya no mitológicas, sino documentadas, que han asolado a la humanidad, con atribuidos orígenes divinos (la ira de Dios que castiga a los hombres por sus terribles afrentas y pecados) o naturales (la corrupción del aire causada por la conjunción de astros y de fenómenos atmosféricos y/o la putrefacción de suelos y aguas), pero que han tenido en común su capacidad mortífera diezmando a la población en unos términos realmente atroces.
De este modo, Tucídides dio cuenta en su Guerra del Peloponeso de la peste que sufrió Atenas en el año 430 antes de Cristo. Luego vendrían ya en nuestra era, naturalmente sin el menor ánimo de exhaustividad, la Peste Antonina en Roma (a partir del año 165); la Plaga de Justiniano en el Imperio Bizantino (años 541 y 542); la gran Peste Negra del siglo XIV (a partir del año 1347), a la que siguieron las Grandes Pestes de los siglos siguientes; la Gripe Española (1918-1919); o el VIH (desde el año 1981).
Las cifras de muertes durante estas pandemias han sido aterradoras: la Plaga de Justiniano arrebató más de treinta millones de vidas, la Peste Negra hizo lo propio con unos doscientos millones de personas [1], la Gripe Española se llevó más de cincuenta millones de almas y el sida ha matado a más de veinticinco millones de habitantes de todo el planeta.
Las enfermedades que han causado las epidemias han sido diversas: la viruela, el cólera, el sarampión, la peste (neumónica, bubónica o septicémica), el tifus, la lepra, la disentería, la tuberculosis, la malaria, el virus de la inmunodeficiencia humana, la gripe o los coronavirus.
Aunque parece ser cierta la aseveración de que de la misma forma que vienen las epidemias, éstas se van, también parece serlo la idea de que muy a menudo las epidemias llegan por oleadas u ondas, sin que la primera tenga por qué ser la más mortífera. La Gripe Española, que tuvo su origen en los Estados Unidos -en Kansas- y fue introducida en Europa -a través de Francia- por las tropas norteamericanas que lucharon en la Primera Guerra Mundial, tuvo al menos tres ondas: la primera, a finales del invierno y durante la primavera de 1918; la segunda, en el otoño de ese mismo año (y que triplicó la mortalidad de la primera oleada); y la tercera, durante el invierno y la primavera de 1919 [2]. Parece, incluso, que todavía habría existido un cuarto brote durante el invierno de 1920, aunque habría sido menos virulento.
La historia de las epidemias ha venido acompañada de algunas constantes en los comportamientos de un ser humano profundamente amenazado en su vida. ¿Cuáles parecen haber sido estas constantes? Pueden indicarse, aunque sólo sea a título de curiosidad, algunas de las referidas por Jean Delumeau [3]: en primer término, la negación inicial por los dirigentes públicos de la existencia de las epidemias por el motivo que haya sido [4] (como no sembrar el pánico en la población, no interrumpir las relaciones económicas dentro de las poblaciones y con el exterior, etc.); en segundo término, “la detención del comercio y del artesanado, el cierre de los almacenes, de las iglesias incluso, la prohibición de toda diversión, el vacío de calles y plazas, el silencio de los campanarios” (pág. 146); en tercer término, “los habitantes se apartan unos de otros en el interior mismo de la ciudad maldita, temiendo contaminarse mutuamente” (pág. 147), porque el “tiempo de la peste es el de la soledad forzada” (pág. 148); en cuarto término, “(C)lientes y vendedores de artículos de primera necesidad sólo se saludan a distancia y ponen entre ellos el espacio de un ancho mostrador” (pág. 147); en quinto término, el “prójimo es peligroso, sobre todo si la flecha de la peste ya le ha alcanzado; entonces, o bien se le encierra en su casa, o bien se le evacúa a toda prisa hacia algún lazareto situado fuera de las murallas” (pág. 148); en sexto término, “ya no hay pompas fúnebres para los ricos, ni siquiera una ceremonia, modesta incluso, para los pobres” (pág. 149), porque las “ciudades apestadas no conseguían ya absorber a sus muertos” (pág. 150); en séptimo término, y en fin, se producía una “(D)etención de las actividades familiares, silencio de la ciudad, soledad en la enfermedad, anonimato en la muerte, abolición de los ritos colectivos de alegría y de tristeza” (pág. 151).
Es cierto que no todos estos comportamientos sociales se repiten hoy con la epidemia de coronavirus, pero seguro que sí que son algunos de ellos fácilmente reconocibles si los adaptamos al progreso técnico del siglo XXI en materia sanitaria, de telecomunicaciones, del transporte o, incluso, del Derecho.
Vicente Álvarez García
Catedrático de Derecho Administrativo
Flor Arias Aparicio
Profesora Contratada Doctora
Enrique Hernández-Diez
Personal Científico e Investigador
[1] Son espeluznantes las siguientes palabras de Jean Delumeau sobre la mortandad de la Peste Negra: “En 1347 azotó Constantinopla y Génova, y pronto toda Europa, desde Portugal e Irlanda a Moscú. Los estragos de la ‘muerte negra’ se extendieron a los años 1348-1351, llevándose, según asegura Froissart, ‘a la tercera parte del mundo’ (europeo)”. Citando ahora a Renouard, escribe Delumeau que: “’La proporción de las muertes debidas a la peste en relación al conjunto de la población parece haber oscilado entre los 2/3 y el 1/8 según las regiones’. Froissart tenía razón sin duda cuando pensaba que la tercera parte de los europeos había sucumbido al contagio, siendo particularmente severo éste, no obstante, en Italia, en Francia y en Inglaterra”.
“Durante el resto del siglo XIV, y por lo menos hasta principios del XVI, la peste reapareció casi cada año en un lugar o en otro de la Europa occidental. En 1359 podemos encontrarla en Bélgica y en Alsacia; en 1360-1361, en Inglaterra y en Francia. En 1369 ataca de nuevo Inglaterra, luego devasta Francia”.
Aunque con menos virulencia que en el siglo XIV, la peste acompañó a Europa durante casi cuatro siglos, hasta que en 1721 “desapareció de Occidente”. En la España del siglo XVII, entre tanto, las “’tres grandes ofensivas de la muerte’ (por peste) - 1596-1602, 1648-1652 y 1677-1685 - se habrían llevado 1.250.000 vidas. Barcelona perdió en 1652 aproximadamente 20.000 habitantes de sus 44.000. Sevilla, en 1649-1650, enterró 60.000 muertos de los 110.000 o 120.000 habitantes”.
Estas palabras de Jean Delumeau están tomadas de las páginas 129 y siguientes de su genial libro El miedo en occidente (siglos XIV-XVIII). Una ciudad sitiada, Taurus, 2012.
[2] Véase R. Nájera Morrondo, “A los 100 años de la gripe del 18”, Virología, núm. 21, 2018, págs. 38 a 42.
[3] El miedo en occidente, cit., 2012, págs. 141 y ss.
[4] “Cuando aparece el peligro del contagio, al principio se intenta no verlo. Las crónicas relativas a las pestes hacen resaltar la frecuente negligencia de las autoridades cuando había que tomar las medidas que imponía la inminencia del peligro” (op. cit., pág. 141). En otro de los muchos pasajes sobre esta cuestión, Delumeau escribe: “Regidores y tribunales de salud buscaban, pues, cegarse a sí mismos para no darse cuenta de la ola ascendente del peligro, y la masa de gentes se comportaba como ellos” (pág. 142).
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